A veces no basta con el talento. Hay que tener fútbol en las botas y cabeza para cuidarlo. Venir llorado de casa. Morir en cada error y resucitar a la jugada siguiente. No enfangarse en los goles que no fueron, abrazarse con párvula felicidad a los aciertos. Youssef En-Nesyri (Fez, Marruecos, 1997) costó al Sevilla FC 20 millones de euros. Cinco años de contrato y la sombría responsabilidad del gol. Llegó en invierno, como los viajeros extraviados. El equipo de Lopetegui apuntaba maneras, pero se quedaba huérfano cuando se acercaba a la portería rival. Dabbur y Chicharito ya habían hecho las maletas. De Jong aún volaba con desmayo. El marroquí no venía por ser un goleador irrebatible, 5 goles en 41 encuentros con el Málaga y 15 goles en 53 encuentros con el Leganés, sino por aportar variantes a la vanguardia nervionense. Desborde, perseverancia, celeridad, presión, juventud y un futuro ilusionante. «Si es caro o barato, el tiempo lo dirá», dijo Monchi el día de su presentación.

Su peor noche como sevillista la pasó a finales de septiembre en Budapest. El Sevilla disputaba la final de la Supercopa de Europa frente al Bayern Munich en el Puskas Arena. Fue un partido exigido, igualado, tenso. Un reinado de fiereza y contención. Un tuteo de 90 minutos. En-Nesyri entró en el 55 con un 1 a 1 en el marcador. Cuando el choque moría ya en el reloj y en el músculo, el Sevilla montó un contraataque tras un córner baldío de los bávaros. El ariete africano se lanzó hacia la meta defendida por Neuer. Un sprint de área a área. Recepcionó la asistencia de Ocampos y encaró al arquero alemán. En su empeine anidaba el gol de la victoria. El título. El confeti. La gloria. Acomodó el cuerpo. Telegrafió el disparo. Neuer era mínimo. Tapaba como podía las puertas del infierno. El punta disparo tibio y raso. La mano del cancerbero secó el paraíso. El Sevilla terminó claudicando en la prórroga. En-Nesyri, esmorecido sobre la hierba, torturado por el error, fue abrazado por sus compañeros. «Cuando ganamos, ganamos todos, y cuando perdemos, perdemos todos», escribió después Óliver Torres.