Entre toda la determinación que había demostrado hasta ahora, reluciente de aspecto, mecanismos y soltura defensiva y ofensiva, surgió un Atlético de Madrid desfigurado por primera vez en esta temporada, vencido sin matices, inofensivo adelante hasta la hora de partido y con los mismos goles en contra en un solo encuentro que en las diez jornadas anteriores de Liga.

Ni en el colectivo ni en las individualidades. Nada funcionó en el conjunto rojiblanco. Ni sobre el terreno ni desde el banquillo, por muchas vueltas que le diera Simeone a la táctica o los nombres, superado como estuvo el bloque que organizó en cada sector, en cada cualidad y, sobre todo, en cada disputa, también por intensidad.

Es una de las causas indiscutibles de la derrota, tan variadas. Cada balón dividido, cada presión al medio centro –Héctor Herrera lo sufrió en cada maniobra en el primer tiempo-, cada salto, cada recepción de espaldas de un jugador rojiblanco, cada duelo lo ganó el Real Madrid en el primer tiempo… Por ahí perdió el partido.